La Mudanza
Que ilusión hace cuando por fín encuentras la casa de tus sueños y te mudas. Se abre ante tí un nuevo horizonte con novedades en tu vida, a veces unas mejores que otras...
Una risa infantil resonó en la casa vacía, al instante nos miramos, no podía ser.
Rodeados de cajas de mudanza, miramos a nuestro alrededor.
No había nada ni nadie en aquella casa, solo nosotros dos desembalando las cosas que nos llevaban directos a nuestro futuro juntos.
La volvimos a escuchar, enseguida ví el miedo en los ojos de Helena. No teníamos hijos, ni sobrinos, ni había niños con nosotros.
—¿Será el hijo de algún vecino?—me susurró.
Yo levanté los hombros como respuesta y fui a inspeccionar la casa, habitación por habitación. Nada en la planta baja.
Subí a la segunda planta, iba a entrar en la primera habitación cuando volví a oírla.
Helena no tardó ni una milésima de segundo en subir las escaleras corriendo y apretarse contra mí.
—Está abajo—me dijo aterrorizada—En el piso de abajo.
Con el sigilo de un ratón bajamos uno a uno los peldaños de la escalera.
Otra risa...cada vez eran más frecuentes.
Nos dirigimos hacia la entrada y de nuevo la oímos reír. Ahí estaba, en la puerta.
Miré a Helena que negaba con la cabeza.
—No abras la puerta, por favor—suplicó.
Giré el picaporte.
—¡Hombre! Ya era hora. Habré llamado como veinte veces—dijo el hombre de la mudanza--Desde luego, tiene delito el timbre de la puerta con la risita de la niña.
¡Ah! y no olvides comentar, me interesa saber tu opinión.


