La encerrona
No te das cuenta del modo en el que te tiene pillado, hasta que intentas deshacerte de él.
—No te persigo, no te confundas—dijo el tiempo una tarde al verme salir corriendo de la oficina. Yo incrédulo quise creerle, mientras volaba un día más tras el autobús.
A la mañana siguiente, apagué el despertador, el sueño no me dejaba ir y el tiempo ya me esperaba apoyado en la puerta con mi ropa y mi maletín.
Salí de casa con un café con leche y un bollo atravesados en el gaznate. En el trabajo, el tiempo me siguió los pasos para asegurarse que fichaba mi condena diaria.
Azuzó a mi jefe reclamando innumerables listados, biblias de datos para los que nunca hay fin.
—¡Y lo quiero para ayer!—espetaba mi superior.
Y allí estaba el tiempo, de pie, sonriendo de soslayo con su látigo en ristre.
—¡Acuérdate de recoger a la niña y llevarla a patinaje!—ordenaba mi mujer al otro lado del teléfono mientras veía la sombra vigilante del tiempo esperándome de nuevo, con esa sonrisa malévola que solo tienen los que te saben pillado.
No había nada que hiciese más feliz al tiempo que saber que muy pronto pequeños súbditos se añadirían a su alocada carrera.
Insaciable e infinito, me ofrecía interminables días de horas menguantes pues me tenía a su merced, atrapado en la espiral.
Incrédulo quise creer que podría escapar de esa rueda loca. Vi un atisbo de luz, que me daba la oportunidad de perder de vista al tiempo y abrazar la calma, pero cuando quise darme cuenta el tiempo socarrón me esperaba tras ella.
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Muy interesante. Me gustó.