Autopsia de... un flechazo creativo.
La colaboración de hoy trae a una escritora con mayúsculas. Nuestra invitada no se contenta con ejercer una profesión de dedicación absoluta a los demás, sino que también nos regala literatura.
Este mes de febrero tengo el placer de compartir espacio con Marta Canino.
Marta es médica de familia y conoce los recovecos más ocultos del cuerpo humano, y también su dolor y su enfermedad. Y ese conocimiento le lleva a escribir desde el corazón, tocando tu alma con delicadeza.
Cada uno de sus escritos te rozan con sutileza y logran quedarse muy adentro.
En su Substack, Romance y Teclas, no se respira solo literatura; es un espacio para la introspección que nos habla de salud de un modo profundamente creativo.
¿Por qué no debes perderte a Marta Canino? Porque Marta receta historias para curar el alma. Historias como la “autopsia” que nos presenta hoy: un relato que disecciona la rigidez de nuestras estructuras mentales y nos obliga a reflexionar sobre el “aquí y ahora”.
Pasen y lean. Cuidado con la onda expansiva.
Un mes complicado — Marta Canino
A Alfredo le gustaba ahorrar.
Todos los meses, a principios de mes, apartaba un porcentaje de su sueldo en una cuenta especial, una cuenta de ahorro.
Era su seguro, su colchón económico, «por si pasaba algo».
Día a día, iba a trabajar a la oficina, realizaba su labor con pulcritud, hablaba un rato con los compañeros en el descanso del café… y volvía a su casa con su perro, sus libros de economía y su entorno perfectamente ordenado.
Un día, se le rompió un diente.
—¡Vete al dentista! - le dijeron sus compañeros.
Como no le dolía mucho, esperó al siguiente mes, al siguiente sueldo.
Volvió a ahorrar.
Pero ya no le quedaba tanto dinero para ir al dentista.
“No pasa nada”, pensó para sí. Algo sí que tenía en su cuenta corriente y, si esperaba otro mes más, le daría para arreglarse la boca.
Entonces, una mañana del segundo mes, se despertó con la mitad de la cara hinchada.
—¡Es un flemón! ¡Vete al médico y después al dentista! Alfredo, creo que te estás dejando ir demasiado. - le dijo una de sus compañeras que tenía algo más de confianza con él.
—Tranquila, no pasa nada.
Pidió cita con su médico, pero no le daba hasta dentro de una semana.
«No pasa nada», pensó nuevamente. Aguantaré y así no tengo que pagar una consulta privada.
A la mañana siguiente su cara se hinchó más.
A la otra, otro poco más.
Hasta que, finalmente, aunque no tenía fiebre, su cabeza era tres veces su tamaño original.
Fue a la oficina y todos le miraron con cara de espanto.
—¿Qué pasa chicos? Sólo es un flemón.
Su jefe le reunió en solitario en su oficina.
—Alfredo, sé que tienes un problema de salud. Pero o te pides la baja y te tratas, o te voy a tener que echar. Estás dando mala imagen y, siendo sinceros, me preocupas.
—Pero… sólo es un flemón, Don Armando. Deme unos días para ir al médico y todo volverá a la normalidad. Puedo trabajar así, puedo cerrar la puerta de la oficina y trabajar a puerta cerrada…
—¡¡Alfredo!! No me discutas. Te he dicho lo que hay. O lo tomas o lo dejas, no hay más opciones.
Alfredo, en su mundo exacto y controlado, no concebía no ir a trabajar. Por otra parte, si no se pedía la baja, ¡le echarían! Eso nunca se le había pasado por la cabeza. Y si le echaban, ¿cómo ahorraría?
Tendría que tirar de su cuenta de ahorros, y eso, eso… ¡era inconcedible!
Frente a su jefe, no supo qué decir. Estaba bloqueado.
Mudo y con un nudo en la garganta, lo miraba fijamente.
Entonces, de repente, su cabeza, comenzó a crecer aún más.
Y explotó.
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